
Todo paciente acaba sufriendo una enfermedad de la que no se le podrá curar.Albert J. Jovell Fernández
Un interesantísimo informe rescatado de la biblioteca Josep Laporte sobre el futuro (presente) de la profesión médica de 2001 merece una buena lectura. Y para abrir boca, nada mejor que su prólogo, que reproduzco aquí porque vale la pena leerlo.
A los futuros residentes que dudan qué especialidad coger... haceros esta pregunta.. ¿quereis ser médicos o hacer de médicos?
Hubo una generación de médicos extraordinarios, anónimos y desconocidos pero extraordinarios, que contribuyeron de manera decisiva a sentar las bases de los sistemas sanitarios modernos y, especialmente, del Sistema Nacional de Salud. En la redacción de este informe ha sido inevitable que me acordara muchas veces de ellos y, sobre todo, de uno de ellos: mi padre.
Valorar y especular sobre lo que puede pasar en el futuro obliga muchas veces a pensar en el pasado y en el presente como puntos de partida de esas valoraciones. ¿Qué era ser médico?, ¿qué es ser médico? y ¿qué debe ser un médico? son preguntas que permiten reflexionar sobre la diferencia existente entre ser médico o hacer de médico. De mi padre y de sus compañeros aprendí esa diferencia tan nítida entre el hecho de ser médico --la profesión-- y el hecho de hacer de médico --la ocupación--.
Mi padre fue médico, sólo médico, desde 1954 a 1992 y fue médico y paciente de otros médicos desde 1992 hasta 1999. El seguimiento del deber profesional hizo que cerrara su consulta en Barcelona para trasladarse a Sabadell a inicios de los años 60. Unas riadas y una inmigración masiva de trabajadores urgieron un llamamiento de profesionales para que atendieran necesidades básicas de salud en esa ciudad. Allí se quedó y allí trabajo toda su vida como médico de cabecera. No había asistencia sanitaria universal ni servicios de urgencias, por lo que durante muchos años la profesión tuvo que ser lo primero. Era normal que le llamaran a cualquier hora del día, especialmente de noche, y que si salía a comer fuera de casa con la familia tuviera que quedar con un compañero para que le cubriera su ausencia. Aún recuerdo como actuó cuando mi madre le llamó a la consulta, diciéndole con seis años de edad que me había roto la clavícula. Tras indicarle como proceder, le comentó que no podía hacer más en aquel momento por mí porque tenía muchos casos como el mío esperando en la consulta. Eran más de 100 personas al día las que visitaba durante esos años en una consulta que nunca cerraba las puertas y donde la cola se prolongaba desde su despacho a la calle. Su mejor tecnología: la relación médico-paciente y la confianza mutua.
De pequeño mi padre era un héroe para mí. No podía serlo de otra forma una persona a la que todo el mundo agradecía cosas, a quién se saludaba constantemente en la calle y de quién casi siempre hablaban bien. Parte de las visitas que hacía no las cobraba y en otras hacía verdadera economía de trueque. Creciendo con estas visiones idílicas de la profesión no había otra elección para mí que la de ser médico como opción profesional. Nunca me lo pidió, no hizo falta. Con los años se convirtió en un modelo de rol para mí. La serenidad con la que afrontó, años después, su condición de paciente y cómo fue tomando decisiones difíciles sobre su destino fue otra lección de padre a hijo que uno no puede olvidar. Cuando murió estaba pendiente de visita en cinco servicios hospitalarios diferentes y, hasta la fecha, casi dos años después, desde ninguno de ellos han contactado con la familia para preguntar porqué no acudió a las citas. No es un reproche, la reflexión personal y, si se me permite, profesional que uno ha realizado sobre estos hechos se puede leer entre líneas en este informe y en dos artículos recientes: "Medicina basada en la afectividad" y "El silencio de los pacientes".
El hecho de ser o hacer de médico no exime a los profesionales de ser enfermos. Si bien se suele decir que los médicos son los peores pacientes, también son los que mejor pueden contribuir a mejorar el sistema sanitario y, sobre todo, a humanizarlo más. Al final, los pacientes como mi padre o como los que tenía mi padre quieren un sistema sanitario que les cuide, sobre todo si se tiene en cuenta que todo paciente acaba sufriendo una enfermedad de la que no se le podrá curar.
Si la medicina ha de responder a las necesidades de la sociedad, posiblemente el futuro de la profesión médica pasa por recuperar al médico de cabecera, al médico amigo. Necesitamos médicos que nos atiendan, conforten, cuiden y coordinen nuestras necesidades de asistencia sanitaria.
Con ello contribuirán al desarrollo de un sistema sanitario que haga la vida del enfermo más humana y digna. En este informe quisiera acordarme y dedicarlo a los médicos de la generación de mi padre, esperando que en el futuro la profesión médica responda a esos principios de altruismo y servicio a la comunidad que ellos --"los héroes anónimos de la medicina"-- predicaron con el ejemplo. Ojalá podamos sentirnos orgullosos de pertenecer a una profesión que ha hecho del servicio a los demás su primera prioridad.
Albert J. Jovell Fernández
San Cugat del Vallés, abril 2001


